Martes, 17 Enero 2017

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Recordando a mi padre

Recordando a mi padre Archivo
Por: publicado en COLUMNISTAS Dic 28, 2016 Leído 179 veces

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Era un hombre culto, amable y un gran conversador. Me encantaba la manera alegre y deferente como trataba a las personas. Como su memoria era envidiable, su charla amena cautivaba. Recuerdo como en la mesa, en horas de comidas, trataba temas que manejaba con profundidad y elegancia, y que alucinaban al escucharlos. Conversando era una catarata de datos, fechas, anécdotas, opiniones e ironías que reflejaban su trabajo como periodista y hombre de mundo y su amor como padre por enseñar. Estudiaba la historia con fruición. Le apasionaba escribir crónicas y creo que entre ellas están sus mejores legados.

Era hijo de periodista. Su hermano Jorge también ejerció el periodismo. Su abuelo Agustín dirigió periódico propio en Honda. Su padre se casó en Nicaragua con una mujer de familia distinguida, naciendo en esas tierras. Cuando tenía 7 años, su padre Roberto retornó con la familia a Colombia instalándose en Cali. Allí estudió. Bajo la égida, en distintos momentos, de distinguidos periodistas como Jorge Zalamea, Alberto Galindo y Pedro León Arboleda abrazó con amor esa profesión y las banderas ideológicas del partido liberal. Trabajó en periódicos en Cali, Cartago, Puerto Tejada, Neiva, Girardot, Honda e Ibagué y fue redactor de varios diarios nacionales. Fundó periódicos propios con talleres editoriales incluidos, tanto en el Valle como en el Tolima.

Su bohemia y su sentido ético profesional lo mantuvieron lejos de pretender enriquecerse con el oficio que amaba. Su cabeza era un hervidero permanente de brillantes ideas. Su inteligencia producía proyectos sin cesar y era encantador escucharlo soñar con propuestas de largo aliento para mejorar la calidad de vida y la eficiencia de los gobiernos. En su hogar enseñó y demostró el amor por mi madre y nosotros, sus hijos. Todas las noches al llegar a casa vaciaba ante mi mamá sus bolsillos, casi nunca llenos, para que ella dispusiera de lo necesario, teniendo después que pedirle hasta para pagar su transporte.

Los hombres de su época no fueron enseñados a expresar afecto por sus hijos y menos por los varones. Aunque era un ser humano cálido, sin efusividades me hizo sentir siempre que me quería. Con mi hermana y mi madre era más expresivo. Todas las mañanas, antes de iniciar labores, entraba al ala izquierda de la Catedral de Ibagué y se paraba ante Jesús crucificado y rezaba una oración propia. “Hay que saludar siempre al Señor”, me decía. Pese a las permanentes estrecheces económicas nos enseñó a vivir con dignidad. De él aprendí el verso del poeta Hugo Caicedo dedicado a su hijo, que se convirtió para mí en herencia viva: “alza erguida la frente hacia el futuro, conquista con tu brazo la tierra prisionera y nunca te resignes con un destino oscuro.”

Agustín Angarita Somoza se llamaba. Heredé, no sólo su nombre, sino sus deudas, su amor por la familia y por esta tierra tolimense, la devoción por mi mamá, el cariño por el estudio, la rectitud en el trabajo y la convicción en la emancipación humana. En algunas tardes, lo vi con los ojos encharcados de emoción leyendo poemas de Neruda o de Alfonsina Storni, o silbando la marcha El puente sobre el rio Kwai, desnudando sensibilidades escondidas bajo corazas de hombría.

Su afición por la tertulia y el alcohol lo llevó a una descompensación de su salud que lo entregó de manera casi súbita a la parca un 28 de diciembre de 1976. Ha pasado el tiempo pero su recuerdo sigue vivo en mi alma y aún añoro su consejo y su voz de aliento cuando en las encrucijadas de la vida me siento confundido, solo y acongojado. Papá, estés donde estés, muchas gracias y ¡Te agradeceré siempre todo lo que me diste padre mío!

@agustinangarita
Agustín Angarita

Médico, catedrático y analísta político.

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