Domingo, 22 Enero 2017

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Vivimos en una sociedad patriarcal. Es decir, en una sociedad donde predomina la cultura de la competencia, del enfrentamiento, del poder como dominación, de la manipulación, el dominio, el control, la jerarquización, la negación del otro y las violencias. El patriarcado cultural se expresa claramente en la apropiación de la verdad. Cada uno de nosotros cree tener la posibilidad racional de acceder por un camino especial a la verdad y desde allí asumimos que podemos doblegar la resistencia mental de los demás con nuestros supuestos argumentos objetivos. La discusión sobre el plebiscito es una demostración clara de esta guerra verbal.

Como cada grupo se ha apropiado de la verdad está convencido que tiene la razón. Por eso los diálogos son de sordos. Ninguno quiere escuchar al otro sino imponer su verdad. Y en todas las discusiones el tono sube y se caldean los ánimos. En ocasiones terminan en violencias. Es paradójico que un debate por la paz encienda odios y rencores degenerando en insultos y vituperios.

Cada ser humano ha construido sus puntos de vista mediados por la cultura, por su experiencia de vida, por su educación, por su entorno. Por lo tanto, cada ser humano tendrá puntos de vista diferentes, pero igualmente válidos. Si entendemos esto, tendremos que aprender a respetar los puntos de vista de los demás que, si bien es cierto no siempre los compartimos o aprobamos, tienen tanta validez como los nuestros. Si de manera desprevenida escuchamos a los demás, podremos darnos cuenta de lo que argumentan y es posible que les demos en ocasiones la razón y nos convenzan. Eso es respetar para que nos respeten. Pero si solo nos interesa que nos escuchen y nunca escuchar, vamos haciendo una amplia calle de honor a la violencia…

No debemos permitir que decidir si queremos o no que un grupo armado se integre a la vida civil y deje de asesinar, secuestrar, extorsionar y hacer daño, nos divida y terminemos más llenos de rabia y odio que antes de esta convocatoria. Entiendo a los que tienen sed de venganza y quieren ver a los cabecillas de las FARC pudriéndose en la cárcel. También entiendo a los que se cansaron de la guerra y quieren que esto pare. Lo que no comprendo es que unos y otros se insulten y se miren con desprecio porque tienen puntos de vista diferentes. Estamos echándole sal a nuestras heridas y así no sanan. Deseo de todo corazón seguir queriendo a mis amigos no importa si votan SI o si se deciden por el NO. Nuestra sociedad tan acostumbrada a la violencia y la guerra necesita que sembremos respeto en nuestras almas para que de verdad germine la paz y la convivencia.

Los fusiles se pueden callar. Pero si nuestros corazones siguen cargados de irrespeto por los demás, va a florecer de nuevo el odio, la envidia, la incomprensión y la violencia. Y para desgracia de todos, la paz, cual paloma, lo que hará es volar muy lejos…
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